El Fascismo en América: América Latina

AMERICA LATINA

La palabra “fascismo” aparece casi cotidianamente asociada a la expresión América Latina en los órganos de comunicación de masas. Si hemos de creer a los teóricos marxistas, la Sudamérica de nuestros días es, tras la Europa de 1919-45, la segunda gran región mundial que ha caldo “bajo las garras” del fascismo. Por el marco cronológico al que se ciñe este estudio, no vamos a estudiar, por ejemplo, el Chile de Pinochet. Pero debemos dejar muy claro que en la América hispana el fascismo jamás ha desempeñado ese papel decisivo que algunos le confieren.
Dice Hugo Neira, en su obra “Cesarismo Populista”, que en “América Latina los partidos de masas, los partidos dominantes, en el sentido dado a esta noción por Duverger, no pertenecen a ninguna de las formas políticas habituales en Europa. Si hallamos partidos tradicionales, – liberales, conservadores – éstos están lejos de ser los más importantes, sin que por ello lo sean los partidos socialistas y comunistas”.
Esto es exactamente lo que ocurre también con los fascismos. Sólo tienen una importancia marginal. Las tradiciones, los hábitos, los ritmos políticos sudamericanos, como los de USA, son muy distintos a los de Europa. El fascismo fue un fenómeno específicamente europeo, y si influyó en América fue sólo superficialmente; mucho quizás, pero sólo superficialmente. Sin alterar en lo radical la peculiar vida política autóctona.
Ahora bien, dado que para la izquierda el término “fascista” no es un concepto con contenido ideológico “histórico”, sino un arma arrojadiza en el combate político, en virtud del desprestigio que le acompaña, ésta se empeña en descubrir fascistas un poco por todas partes.
David Viñas, en su pequeño libro “¿Qué es efascismo en Latinoamérica?” es un ejemplo claro de lo que decimos. Este autor ha tratado de explicar por qué se puede habíar de fascismos en el caso latinoamericano. Según él no debe dudarse de que hoy en día Chile, Argentina o Brasil, son fascismos, si bien “conviene manejarse con una especial sutileza frente a los modelos clásicos de fascismo a la hora de aplicarlos explicativamente a Brasil, Chile o Argentina “en particular, cuando se trata de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, incluso respecto a otras variantes fascistas como el corporativismo portugués, el falangismo y el nacional integrismo de Franco, o la “revolución nacional” de la Francia de Petain”. Viñas demuestra así sus “amplios” conocimientos sobre fascismo al incluir en un mismo conjunto a Hitler y a Petain, a Mussolini y a Franco… pero además reconoce que, en rigor, poco asemeja a estos regímenes sudamericanos con la Alemania NS, por ejemplo. Para justificarse, Viñas desarrolla entonces su tesis del “neofascismo dependiente”.
Analicémosla por partes; Viñas afirma que: “el proceso mecanicista de aplicación de las categorías europeas de fascismo, mediante el desplazamiento de una óptica de un país central (es decir, del grupo de países “imperialistas” y desarrollados europeos. N.d.A.), a uno periférico (país colonial o subdesarrollado, N.d.A.) puso de manifiesto su rigidez cuando sobre los años de la Segunda Guerra Mundial se caracterizó afiguras como Vargas o Perón defascistas. Y al varguismo y al peronismo como fascismos”. Ni Perón ni Vargas fueron fascistas, de acuerdo. Aunque los neofascistas europeos hayan demostrado siempre gran simpatía por la figura y la obra de Perón. Ni uno ni otro cuadran plenamente en los rasgos del fascismo europeo. Y Viñas, dado el apoyo de que ambos gozaron en sus respectivos países por las masas populares, ya que no fueron las dictaduras militares reaccionarias clásicas, procura aumentar las diferencias, para que no se venga a pique la manida idea del fascismo como movimiento antipopular. Y sin embargo, tampoco cuadran con los esquemas del fascismo personajes como Pinochet, Banzer, Videla o Stroessner, y aún así Viñas insiste en catalogarlos como fascistas. A sabiendas de la imposibilidad de hacerlo, Viña recurre a la argucia de catalogarlos como neofascistas. No se trata de un renacer del fascismo clásico, sino de un nuevo tipo de fascismo. Con idéntico rigos científico podríamos decir que Mao, Fidel Castro, etc., son neofascistas. Basta con crear un modelo “neofascista” apropiado. En realidad de lo que se trata, por parte de Viñas, es de colocar a cualquier dictadura el calificativo de “fascista “, para que se desacredite ella y desacredite al fascismo.
Viñas dice que “el peculiar fascismo de los generales brasileños, argentinos o chilenos después de 1964″, debe ser designado como “neofascismo dependiente”. Por supuesto, se refiere a dependencia de una potencia imperialista exterior, de la cual estos citados generales son “peones”. Difícilmente es posible imaginar una aberración mayor. Si hay una característica clara en los fascismos, ésa es su nacionalismo visceral. A los movimientos fascistas les repugna hasta tal punto, incluso, la apariencia de una dirección extranjera o internacional, que incluso los tímidos intentos de crear una “Internacional Fascista” europea, a mediados de los años 30, fallaron estrepitosamente. La idea de dependencia exterior excluye, por definición, la de fascismo.
Hechas estas precisiones, debemos pasar al estudio de la influencia del fascismo en Sudamérica, hasta 1945. Cabe distinguir dos facetas: los pseudofascismos, movimientos miméticos, minoritarios y a menudo reaccionarios. Y los parafascismos. Estos se vinculan, sobre todo a los movimientos populistas sudamericanos, llegando hasta los límites del caudillismo y la dictadura militar. Su personificación más exacta son los cesarismos populistas de los que habla Neira. En todo caso, hay que subrayar que se trata de corrientes políticas de origen autóctono. Ni el populismo, ni la dictadura llegan de Europa, sino que ya están presentes en la historia americana del siglo XIX.
Los pseudofascismos, los imitadores, no forman apenas partidos importantes. Son personalidades aisladas, a menudo, del ámbito intelectual y universitario. Viñas subraya, esta vez con razón, que “son capillas, sectas o ateneos, jamás movimientos”, carácter éste que los aleja de los fascismos auténticos. Seducidos por la espectacularidad del fascismo italiano, basándose en la escuela maurrasiana, y motivados por un anticomunismo intransigente, representan también un elemento reactivo “tradicionalista” ante la industrialización, la urbanización acelerada, la immigración masiva… Viñas designa a esta “variedad fascista”, como “señorial, aristocratizante”. En realidad se trata de reaccionalismo recubierto de un disfraz más o menos fascista.
En Argentina, el pseudofascismo aparece en torno a Lugones, autor de “La Patria Fuerte” con netas resonancias de Nietzsche, Barres… Su objetivo immediato era el de combatir al presidente Yrigoyen, del Partido Radical. Los grupos de extrema derecha, que habían empezado a organizarse con la Huelga General de 1919 “Semana Trágica”, primero bajo la advocación de pensadores franceses, como Maurras, y después ya influidos por el ejemplo de Mussolini, reforzaron sus acciones; un grupo explícitamente maurrasiano se organizó en torno al periódico “La Nueva República”, de 1928 a 1931, con figuras destacadas como los hermanos Irazusta y De Lafarre.
Otro factor a tener en cuenta es la germanofilia de un amplio sector de la oficialidad, derivada de la presencia de instructores alemanes. Uno de los militares mas germanófilos sería precisamente, el general Uriburu, quien dirigió el golpe de Estado que derribó a Yrigoyen en 1930. Viñas “como no” califica a Uriburu como “el Primer dictador argentino explícitamente fascista “. No era tal. Lo que empezaba era la “Era militar” de la Argentina contemporánea. Antes, sin embargo, había habido ya casos de dictadura militar, que venían produciéndose casi desde la fundación del país.
Entre los colaboradores de Uriburu los había que no dudaban en manifestar su simpatía por el general Primo de Rivera y aún por el Mussolini conservador, moderado y respetuoso de la legalidad, de los primeros años de gobierno del fascismo. La revista “Criterio” nacionalista, y que publicó artículos favorables a Hitler y a Mussolini, así como artículos de Maeztu, Papini, etc., apoyaba a Uriburu. Pero la verdadera ideología de estos grupos no era el fascismo, sino el integrismo católico. Los Cursos de Cultura Católica “en los que se impartía el pensamiento de Belloc, Donoso Cortés, Maurras, entre otros” fueron su principal forma de acción política. El director de estos cursos, Cesar E. Pico es autor de un folleto:”Carta a Jacques Maritain sobre la colaboración de católicos con movimientos de tipo fascista”. En el seno mismo de la Iglesia, desde posturas igualmente integristas, destaca la acción del padre Meinville, furibundo antisemita y teócrata convencido.
No se trata, pues, de un auténtico fascismo, sino de que los integristas católicos aspiran a remozar su figura con la adopción de fórmulas fascistas. Comparten con el fascismo no creencias u orígenes, sino enemigos. Y dado que el fascismo ha derrotado estrepitosamente a éstos, ellos aspiran a conseguir algo análogo mediante la adopción de elementos miméticos. “Un viento de cruzada soplaba, efectivamente, sobre el catolicismo argentino “dice Alain Rougie, en su artículo “Argentina: intervenciones militares y revolución nacional” aparecido en “Historia 16″. Se encarnaba en los grupos, clubs, o revistas cuyas metas eran la instauración del orden cristiano (…) Se soñaba con la Revolución Nacional, que creara una sociedad de órdenes y pondría fin a la perversión de la democracia, y el liberalismo”. Más adelante, el citado autor añade: “Los grupos y revistas movidos por semejante credo eran numerosos. Su eclosión coincidía con el apogeo de los fascismos y de los orígenes autoritarios o conservadores de Europa (…).Plagiando a Primo de Rivera, o a Mussolini, inspirándose en Jose Antonio o imitando a Salazar, cuantos en Argentina embisten contra las ideas liberales, pocas veces pueden disociar la unidad nacional o el orden social de la tradición católica”. Rougie deja meridianamente claro, que se trata de movimientos integristas, en los que el fascismo es solo una especie de barniz. Esta actitud de los católicos argentinos se refleja en el escritor católico M. Galvez, en el capítulo “Las posibilidades de fascismo en Argentina” de su libro”Este pueblo necesita… ” (Buenos Aires, 1934).
La guerra civil española unió, aún más, a los nacionalistas integristas católicos de Argentina. La revista “Sol y Luna” (de J.C. Goyeneche) actuaba de lazo de unión entre éstos y los escritores más tentados por las “experiencias autoritarias europeas”. Había también pequeños grupos fascistizantes: el “Movimiento Restauración”, de A. Villegas, la “Alianza de la Juventud Nacionalista”, “Liga Patriótica”, e incluso existió una “Unión Nacional Fascista”, en Córdoba. En el Ejército el llamado “Círculo Militar” difundía ideas análogas, gracias a la obra del escritor Bruno Genta.
En 1943 hubo un nuevo golpe de Estado, apoyado por los medios nacionalistas­integristas. En premio a este apoyo, – más que práctico o político se trataba de un apoyo ideológico -, los militares dieron a destacados integristas puestos de responsabilidad. El famoso escritor antisemita Martinez Zubiria (conocido como Hugo Wast), fue nombrado ministro de Instrucción; Genta, rector de Universidad.
La contrarrevolución católica buscaba apoyarse en los militares y la prensa de izquierdas habíaba de una “dictadura clerical militar fascista”. En realidad, como bien dice Rougie: “Los militares confiaban a la extrema derecha católica el aparato ideológico del Estado, pero no la orientación de la política guernamental
En el nuevo gabinete, de 1943, el coronel Juan Domingo Perón ocupaba el car´go de Secretario de Estado para Trabajo y Previsión. Si bien sus simpatías se decantaban por el Eje, no era muy amigo de los nacionalistas reaccionarios. De hecho, Peron acabará enfrentándose con los integristas que habían desarrollado una versión reaccionaria del fascismo. La influencia de la retórica falangista, entronizada por el franquismo, se hizo patente. Bajo su gobierno los temas “religiosos” pasaban a un segundo plano, siendo sustituidos en la propaganda por temas “nacionales”. La apertura hacia las masas comportó el alejamiento de los reaccionarios puros y simples. Respecto a su posición ante el Eje ya hemos dicho que Perón, como la mayor parte de los militares argentinos, eran favorables a él. Muchos de ellos deseaban su triunfo aunque no fueran “nazis” o “fascistas, pues contaban con la alianza alemana para desplazar a Brasil y EE.UU. Pero este país, precisamente, obligó por medio de presiones económicas a declarar la guerra casi hacia el final del conflicto.
Fue una declaración de guerra sin mayores consecuencias. Sin embargo, al finalizar el conflicto, fueron centenares los refugiados que se establecieron en la Argentina. Pronto la leyenda del Perón “nazi-fascista” ocuparía las primeras planas de los periódicos.
Si los nacionalistas integristas no llegaron a ser un fascismo en el caso del peronismo tampoco se trata de un fascismo, sino de un parafascismo incluido en los cesarismos populistas.
Circunstancias muy similares concurren en el caso brasileño.”En la década de los treinta, el conservadurismo brasileño asumió un nuevo aspecto, ofensivo y militante, nacionalista y fascista”, escribe Costa Pinto en “Nacionalismoy militarismo, empleando con mucha ligereza el término fascista.
En Brasil, la extrema”derecha derivó hacia formas fascistoides, concretándose en el movimiento “integralista”. Esta denominación no deriva de la palabra “integrismo”, sino de la noción del “nacionalismo integral”, de Maurras. A partir de ella, en Portugal, había nacido la corriente política prefascista conocida como “integralismo”. De aquí tomaron su inspiración los brasileños. Todo ésto no quita para que la ideología fuera, en buena parte, catalogable como integrista. La influencia maurrasiana, por su parte, tuvo su principal portavoz en el intelectual Jackson de Figuereido (1891-1928) que desarrolló una ideología calcada del maurrasianismo a través del periódico “El Orden”, y del “Centro Com Vital”.
El movimiento y la ideología “integralistas” fueron estructurados por el talentoso Plinio Salgado. Esta era católica, nacionalista, derivada de los planteamientos de Alberto Torres en “Fontes de vida do Brasil” “editado en 1915″. Los rasgos fascistas eran exteriores: uso de camisas, en este caso verdes, estandartes, saludos; o tácticos: el activismo y la organización paramilitar los diferenciaba netamente del conservadurismo clásico, apacible o moderado. Costa Pinto describe “con algunos errores” este cuadro del “fascismo brasileño” “El conservadurismo fascista, ofensivo, heroico y militante, iba conta el voto y la representación; era corporativista, era mesiánico, y soñaba con la hegemonía imperialista de Brasil en Latinoamerica, su bandera mística, tradicionalista, nacionalista era Dios, Patria y Familia. Y para que no faltara nada de lo agresivo y primario, hasta racista llegó a ser”. Más adelante, Costa reconoce, implícitamente, que en esencia se trataba sólo de conservadurismo, ahora bien “agregando nuevos elementos doctrinarios, políticos y tácticos (…) Los rasgos básicos, las constantes, permanecen”. No faltaron, sin embargo, “camisas verdes” de auténtico ideal revolucionario, y en realidad el movimiento no era una simple “partida de la porra” al servicio de las oligarquías; ni mucho menos. Pero subyacía una base conservadora, aunque no burgués-capitalista, que trataba de adoptar los rasgos exteriores del fascismo, movimientos modernos, populares, intentando por la simple adquisición de elementos externos obtener resultados análogos a los fascismos europeos. Por eso, como también dice Costa, “El fascismo integralista brasileño, como vanguardia conservadora, fracasó rotundamente”.
El Partido Integrista fue disuelto y liquidado tras el fracaso de un intento de golpe de Estado contra Getulio Vargas, el cual se hallaba en el poder desde 1930. En 1935 reprimió con dureza un intento de golpe de estado comunista, y en 1937 reprimió a los “integralistas” con igual dureza. A mediados de los años 30 creó, inspirándose en el modelo de Salazar, un “Estado Novo”de corte corporativista, automáticamente denunciado por las izquierdas como “régimen fascista”. La ideología de Vargas queda reflejada en este párrafo:”El individualismo excesivo que caracterizó al siglo pasado necesitaba encontrar límite y correctivo en la preocupación predominante del interés social. No hay, en esta actitud, ningún indicio de hostilidad al capital que, al contrario, necesitaba ser atraído, amparado y garantizado, por el poder público. Pero la mejor manera de garantizarlo, precisamente, es transformar al proletariado en una fuerza orgánica de cooperación con el Estado, y no dejar que, por el abandono de la ley, se entregue a la acción disolvente de elementos perturbadores, privados de sentimiento de Patria y Familia
Esta ideología no estaba, en realidad, muy lejos de la de los “camisas verdes” del “integralismo”. Algunos de entre ellos valoraban muy positivamente en Vargas el nacionalismo, el desarrollismo en el plano económico, asi como el eco popular que hallaba el Presidente. Para ellos, se estaba realizando un “integralismo sin camisa verde”, y del mismo modo que muchos “integralistas” portugueses se unieron al régimen de Salazar, ellos se unieron a Getulio Vargas. El régimen “getulista,” era a la vez un Estado autoritario y abierto a las masas, procurando conseguir la incorporación de las capas sociales aparecidas desde principios del desarrollo urbano y el auge económico, a la sociedad brasileña. Por otra parte, era un Estado nacional decidido a estimular la industrialización, a dirigir la economía, y a crear un auténtico mercado nacional a base de fomentar la interdependencia entre las regiones brasileñas. Era difícil, pues, que los “integralistas” tuvieran oyentes entre las masas, pues lo que venían a proponer se parecía, y bastante, a lo que ofrecía el gobierno de Getulio Vargas.
El caso de Chile es muy sugestivo pues allí se dio el principal movimiento nacionalsocialista de América Latina. La figura de Jorge González Von Marees, fundador y lider, es la clave del movimiento.”Consideramos que el fascismo – decía González en sus ideas fundamentales – no es sólo un movimiento italiano, sino mundial… significa el triunfo de la Gran Política, o sea, de la política dirigida por los pocos hombres superiores de cada generación, sobre la mediocridad que constituye la característica del liberalismo; significa también el predominio de la sangre y de la raza sobre el materialismo económico y el internacionalismo”.
La explicación de la importancia del Nacional Socialismo en Chile quizás esté en que éste es uno de los países más “europeos” de Sudamérica. Una gran parte de la población es de origen europeo, y los partidos y organizaciones políticas responden, mas que en ningun otro lugar, a los modelos europeos. A Chile se le denominaba la “Prusia de Sudamérica” por el gran número de inmigrantes alemanes allí existentes.
El “Movimiento Revolucionario Nacional Socialista de Chile” fue creado el 12 de octubre de 1933, por González; sus órganos de expresión fueron “Rayo Rojo” y “Acción Chilena”. El movimiento contaba con una especie de “S.A.”, las llamadas “Tropas Nacionalsocialistas de Asalto” (T.N.A.), una organización juvenil, la J.N.S., un grupo universitario, el G.N.U., y una organización política dividida en cuatro ramas: Preparación, Provincias, Propaganda y Administración. Sus escruadristas, uniformados, se impusieron pronto en diversos ámbitos, singularmente en los recintos universitarios de Santiago y Valparaíso.
Dos años después, de la organización del Partido, González formuló un Plan de Acción, que suponía la concrección de las aspiraciones del Partido. Javier Nicolás, en un artículo aparecido en “CEDADE” lo resume así:”… en el orden político se pide el establecimiento de un gobierno nacional fuerte, desvinculado y ajeno a los partidos y la politiquería. A su vez, pide la estructuración corporativa de la sociedad y la agremiación de las fuerzas del trabajo, bajo la dirección del Estado,… reestructuración total de la administración,… realización immediata de un plan de descentralización… vigorización del poder municipal”. Una serie de medidas financieras tenderían a reducir los impuestos y a sanear la economía; se solicitaba una protección especial a la agricultura, privilegiando la pequeña propiedad. Otras medidas tendían a proteger la familia, estimular la natalidad de la población blanca, modernizar la enseñanza, fomentar el deporte y la educación artística. En 1936, es decir al año siguiente de la formulación del “Plan de Acción”, el movimiento se presentó a las elecciones. No se puede decir que el resultado fuera malo: 30.000 votos, y 3 actas de diputado. Era la primera vez que concurrian a elecciones, y la intensa polarización de la vida política chilena en aquellos años daba mucho valor a aquellos tres escaños. El peligro “nacista ” – así se les llamaba en Chile – era “serio”, decían los demócratas. “Sus adeptos atacaban al gobierno de la derecha, y se batían al mismo tiempo, en luchas callejeras con los comunistas y socialistas”, escribe Francisco Frias, en su “Historía de Chile”. El Partido Socialista juzgó necesario crear milicias uniformadas paramilitares, para enfrentarse a ellos. Entre los responsables de aquellas milicias estaba Allende.
La ideología de los “nacistas” no estaba demasiado elaborada ni desarrollada: “Si nos quieres comprender – escribía González – concentra tu espíritu y tu corazón, en las imágenes mas puras, y los sentimientos más nobles de que seas capaz, y dales enseguida un nombre: “Nacismo”. Este párrafo revela el carácter voluntarista, más que concreto, de la ideología, y su incapacidad para definirla y resumirla con seguridad. En vez de ello, se acude a una “mitificación”. Más que inspirarse en los escritos de Hitler, Rosenberg, Darre o Feder, las definiciones de González están impregnadas de los temas del populismo sudamericano, que también influyó en Chile. Pese a ésto nos hallamos en uno de los pocos casos en que podemos habíar de un movimiento sudamericano catalogable como fascista.
El M.R.N.S. desarrolló desde el principio un radical activismo callejero. De 1933 a 1936 tuvo 6 caídos, 14 heridos de bala, 63 heridos con arma blanca, y centenares de lesionados y contusionados. Este activismo desembocó en el intento de golpe de Estado. La organización del “putsch” aparece confusa, y algo misteriosa. “Inexplicablemente, – escribe E. Cadenas, en “La ofensiva neofascista” -, el lunes 5 de septiembre de 1938, un grupo de jóvenes, toscamente armados, penetraban en la torre de la Caja del Seguro Obligatorio. Paralelamente, otro comando de 30 muchachos ocupaban, armados, la Casa Central de la Universidad de Chile”. La explicación más extendida de este hecho “inexplicable” es que los “golpistas estaban de acuerdo con militares anticomunistas que debían secundar el “putsch”. Este apoyo militar no llegó, y los carabineros chilenos con la sola pérdida de un agente, ocuparon el edificio del Seguro, y el de la Universidad. De los 64 miembros de los dos “comandos”del M.R.N.S., 63 fueron brutal y fríamente asesinados. El único superviviente narró como la masacre sobrevino cuando los “nacistas” se habían rendido y entregado sus armas. En aquella aventura de violento desenlace acabó la historia del grupo de González Von Marees. Su fin fue análogo, como se ve, a la del “Integralismo” de Plinio Salgado. La organización fue disuelta y González encarcelado. La amplia comunidad de origen germano, establecida en el país desde mediados del XIX, fue víctima de medidas discriminatorias. La “Ausland Organisation del N.S.D.A.P. fue prohibida. Enfurecidos por la masacre, los “nacistas” prestaron su apoyo a la única candidatura que podía derribar al gobierno “asesino” la candidatura del Frente Popular. Anótese como también en las izquierdas el grado de afinidad de Chile con Europa es mayor; España, Francia y Chile fueron los tres únicos países. donde se impuso el Frente Popular. El candidato de la izquierda, Aguirre Cerda, salió victorioso solo por 4.000 votos de diferencia. Cabe pensar, pues, que el voto de los “nacistas” fue decisivo para su triunfo.
En la clandestinidad se reconstituyó una “Vanguardia Popular Nacional Socialista”, que ya no llegó a alcanzar importancia y sufrió sucesivas escisiones. Otros “nacistas” pasaron al M.U.N. (Movimiento de Unidad Nacional). Finalmente, hay que citar, para cerrar el capitulo chileno, que la juventud del Partido Conservador, influída por las experiencias españolas, creo la”Falange”. A pesar del nombre estaba más inspirada por Gil Robles que por Jose Antonio, y cuando el fascismo fue derrotado militarmente sobre Europa, la “Falange” perdió aceleradamente sus elementos miméticos fascistoides, para crear finalmente el Partido Demócrata Cristiano.
En el resto de América Latina, tanto las corrientes parafascistas como las pseudofascistas tuvieron aún menos importancia. No faltaba algún grupo minúsculo que se proclamara “fascista” o utilizara camisas de uno u otro color, pero su importancia fue siempre marginal.
Por lo que respecta a los fenómenos pseudofascistas, hubo brotes por todo el subcontinente. En Uruguay se detecta grupos de intelectuales reunidos en torno a Gabriel Terra, que apoyan el “golpe” militar autoritario de 1933. Uno de ellos, Irureta Goyena, adoptó las formulas elaboradas por un nacionalista conservador italiano pasado al fascismo, A. Rocco. En Bolivia también se trata de un grupo de intelectuales como Alcides Arguedas, (autor del libro “Pueblo enfermo”, con prólogo de Ramiro de Maeztu), los redactores de “La Calle” o el grupo “Falange Socialista Boliaviana (fundada en 1937). Mantenía relaciones con los instructores alemanes del Ejército. Se opondrían más tarde al “Movimiento Nacional Revolucionario” de Paz Estensoro, creado en 1941, “en un clima “antiimperialista” – dice J.P. Faye – que encierra entonces su significado, lo mismo que en la Argentina, simpatías prohitlerianas”.
En México el pseudofascismo aparece vinculado al radical integrismo religioso, y en oposición a la “revolución mexicana”. El movimiento de los “Cristeros” (significativo nombre) hallará su continuación con los”sinarquistas”. Estos exigían la vuelta a la “tradición católica”, el “orden cristiano”, e incluso manifestaban su simpatía por el Eje, a causa de su anticomunismo. En Venezuela, Vallenilla Lanz escribiría el libro”Cesarismo democrático” alabando a Mussolini, y describiendo al viejo dictador venezolano Juan Vicente Gómez, como un verdadero fascista. En Colombia finalmente, hay influencias españolas: “El periódico “El Siglo” concentró este momento fascistoide “escribe Viñas” , tanto a través de Augusto Ramírez Moreno, fundador de la Falange, como de su director, Laureano Gómez (“España, marchando hacia adelante como defensora solitaria de la cultura cristiana,ha asumido la vanguardia de las naciones occidentales “), o de Alvarez Gómez Hurtado, hasta culminar en las violencias verbales y las agresiones callejeras del general Amadeo Rodríguez “.
Estos pseudofascismos, “fascismos aristocratizantes”, – según Viñas -, no hallaron eco alguno. Fueron receptivos especialmente de las influencias italianas y francesas, para acabar inspirándose sobre todo, en las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, así como en las de Salazar y Petain. “Los supervivientes de este “señorial” fascismo”, – escribe Viñas – al no lograr la más mínima apoyatura popular, se aproximaron al “machadato” de Cuba hasta 1933, al general Ubico, de Guatemala, entre 1931 y 1944, o a Anastasio Somoza, en Nicaragua. Figueras que, en realidad, dado el débil desarrollo de sus países, prolongaban, con débiles “modernizaciones”, el modelo clásico de dictador latinoamericano del XIX. En los países de mayor desarrollo “continúa diciendo Viñas”, terminaron cabalgando en ancas sobre los movimientos populistas en sus comienzos “sobre todo en los casos de Vargas y Perón”, dada su escasez de cuadros dirigentes. Y fueron destinados a los puestos universitarios o a la diplomacia. Pero, a medida que el equilibrio bonapartista del varguismo o del peronismo se fue rompiendo, los antiguos fascistas-nacionalistas-aristocratizantes se fueron yendo, pasándose agresivamente a la oposición”. Dejando de lado las florituras del lenguaje de Viñas (“señorial fascismo”, “fascistas-nacionalistas-aristocratizantes”) describe muy bien como este pseudofascismo se disolvía, falto de futuro, y como se opuso a las experiencias parafascistas cuando éstas tenían un signo revolucionario, como en el caso de los cesarismos populistas sudamericanos.
Estos cesarismos populistas, son según Neira, “una familia política nítidamente diferenciada de las otras familias, políticas tradicionales; el socialismo de inspiración europea, y del reciente castrismo, y a la cual nosotros preferimos llamar populismos, antes que nacionalismo y fascismo”. Ha habido estudiosos, como Gino Germani, que muy documentalmente han demostrado las afinidades entre peronismo y fascismo, por ejemplo: el carisma del jefe, el apoyo plebiscitario de las masas, el orgullo nacional, etc… “Los que ponen el acento en el carácter fascista del populismo constatan la frecuencia de ciertos temas en el vocabulario populista: orden, sacrificio, disciplina, jerarquía, unidad nacional”, escribe Neira. Ante el hecho evidente de que estos “fascismos” gozaban de un amplio apoyo popular (“Los Estados populistas “escribe, asimismo, Neira”, han logrado movilizar detrás de ellos las más vastas audiencias del continente”), ciertos autores han propuesto diversas nuevas denominaciones para este “Fascismo ” “fascismo de izquierdas “,”nacional-fascismo “, “colonial-fascismo”…
No creemos, sin embargo, que se pueda hablar de los cesarismos populistas como de fenómenos fascistas, sino como fenómenos parafascistas, que incluso tienen una coincidencia cronológica con el fascismo. De nuevo hemos de recurrir a un párrafo de Neira: “Notamos, en primer lugar, las significativas fechas de nacimiento: estas fuerzas políticas emergen casi todas en la misma época: en torno a 1930. En Brasil, donde Getulio Vargas impondrá el “Estado Novo”; en Perú, donde los exiliados del APRA (Acción Popular Revolucionaria Americana), cuyos itinerarios se extienden de la Alemania nazi a la Rusia soviética, de las capitales europeas al México agrario, deciden regresar y participar en las elecciones de 1931; la ola populista alcanza el Ecuador, con la ascensión al poder de J. Mª Velasco Ibarra (1934). Un poco más tarde, en 1936-37, Bolivia manifestará sus primeros síntomas populistas… “. En Bolivia, el MNR (Movimiento Nacional Revolucionario) nace como movimiento de ex­combatientes (otra analogía con los fascismos europeos) entre los oficiales y jóvenes soldados de la tropa que han luchado en la perdida “guerra del Chaco”, donde han tomado “conciencia nacionalista”. En Colombia se agolpa el populismo en torno a Gaitán, quien sueña con una Colombia libre del “régimen de los políticos”, opuesto al “país real” (lengua de netas resonancias maurrasianas). Estos cesarismos populistas conquistarán el poder en algunos casos (la Argentina de Perón y el Brasil de Vargas), tuvieron una participación parcial en él (el MNR en Bolivia), o estuvieron en la oposición (Perú). Subsistieron a la caída de los fascismos europeos.
Si en todos ellos podemos detectar influencias fascistas, en último término, como en el caso de los pseudofascismos, hallamos también un origen autóctono: “Su forma de lealtad, de relaciones con el jefe, recuerdan por su “verticalidad”, y por su carácter irracionalista a los fascismos europeos. En realidad recuerdan, más todavía, las formas vecinas, en el tiempo y en el espacio, de la tradición americana: la lealtad hacia los caudillos del XIX, tan cercana”, escribe, muy justamente, el tanta veces citado Neira.
El nacionalismo político, el antiimperialismo, el afán por el desarrollo de la economía nacional, de un Vargas o un Perón, adoptó rasgos del fascismo, al igual que los grupos reaccionarios, e incluso integristas, adoptaron otros rasgos fascistas. En ambos casos, no se trata de un fascismo pleno, sino de procesos de fascistización parciales. Hemos denominado pseudofascistas a los elementos conservadores porque estos quisieron hacer notar sus presuntas vinculaciones con el fascismo, quisieron hacerse pasar por fascistas. Y hemos denominado parafascismos a los movimientos revolucionarios porque compartían con el fascismo características básicas, si bien respondían a un ámbito sociopolítico, cultural e histórico, distinto, diferenciado del europeo, por lo cual no cuadraban plenamente con el fascismo, fenómeno europeo. En el caso del peronismo, y del varguismo, quizá cabría hablar, con más exactitud, de filofascismos, en vez de simples parafascismos. En cuanto a movimientos fascistas a secas, casi no podemos hablar de ellos, siendo los que más se acercaron los “nacistas” de González Von Maraes, y los “integralistas” de Plinio Salgado.
Nos queda por subrayar, para acabar, la influencia de las experiencias españolas en el conjunto de países estudiados. La dictadura de Primo de Rivera halló un amplio eco en los grupos conservadores. Durante la guerra civil española los “nacionales” encontraron un amplio apoyo en Sudamérica. Ya el 8 de noviembre de 1936 Guatemala y El Salvador reconocían diplomáticamente a los”nacionales”. Hugh Thomas escribe en su historia de la guerra civil: “Todos los países latinoamericanos se sintieron afectados. Había surgido un fuerte movimiento a favor de los nacionalistas en Brasil y en Quebec, donde, al igual que en España, existían organizaciones fascistas en los ambientes católicos. El gobierno de Chile era intensamente pronacionalista”. Más tarde, durante el primer periodo del franquismo, cuando se hablaba de ir “Por el Imperio hacia Dios”, Falange Tradicionalista de las JONS creó una organización para los españoles establecidos en Sudamérica: la Falange Exterior. Como en el caso de la “Ausland Organísation”, del NSDAP respecto del nacionalsocialismo, esta organización sirvió también para difundir las ideas falangistas entre los autóctonos. Un libro de 1943 la señalaba como”arma secreta del III Reich” (“Falange, Axis Secret Army in the Americas”, de Allen Chase). De hecho, no tuvo tanta influencia. La derrota de los fascistas europeos y con ella la desfastización acelerada del franquismo, supuso el fin de los sueños imperiales, y las Falanges Exteriores se fueron eclipsando, dejando un leve poso “Joseantoniano” en el lenguaje político, una herencia a través de un cierto número de organizaciones, que utilizaron el nombre de “Falange”, y la adopción de algunas ideas de inspiración nacionalsindicalista en corrientes populistas, nacionalistas y anticomunistas.

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